viernes, 18 de mayo de 2012

EL APOCALIPSIS DE LOS CABECITAS NEGRAS


 En la época de la dictadura, cuando hacíamos el Expreso Imaginario, pensábamos: “si no se puede hablar libremente, podemos buscar metáforas para decir las cosas”. Lo mismo hizo en esos días Spinetta con “Las Golondrinas de Plaza de Mayo”, y León con muchas canciones, por ejemplo, el “Tema de los mosquitos”. Charly llevó esa técnica a una gran sofisticación, empezando ya en la época de Isabelita en el último disco de Sui, con “Tango en segunda” o “Música de fondo para cualquier  fiesta animada”.  Ya en la dictadura hablaba de la represión en su “Qué se puede hacer salvo ver películas” y del miedo en “No te  dejes desanimar”. Las metáforas llegaron a su cumbre en Serú Girán, con “Alicia en el país” y “Los dinosaurios”. De la misma manera,  el Expreso exploró los problemas ecológicos y el estado de las culturas indígenas, como síntomas de la sociedad en general. Si no podés decir “Esta es una sociedad injusta, explotadora, represora”, podés hablar del abandono de los mapuches o la destrucción de los bosques, que son otras facetas de la  misma enfermedad. Porque durante la dictadura los militantes sociales y políticos fueron masacrados por un gobierno sangriento, pero los pueblos indígenas fueron y son masacrados por todos los gobiernos, incluyendo las democracias de hoy. Los bosques perfumados y los ríos cristalinos desaparecen sin interrupción, no solamente bajo los gobiernos llamados “de derecha”.
Si uno quiere  medir la evolución de una sociedad no tiene más que averiguar en internet si se están protegiendo las napas de agua potable, si se cuidan los bosques y los ríos, si se están integrando los pueblos originarios y las minorías. Nuestro trato de los wichis y los tobas es un síntoma, y puede funcionar como una metáfora, de nuestra visión del mundo y del tipo de cultura que estamos creando.
Si, como pasa hoy en la Argentina, los cabecitas negras están acorralados en los barrios marginales, obligados a una lucha a muerte cotidiana para simplemente sobrevivir hasta el día siguiente, eso alcanza para saber que no estamos en una sociedad “progresista”, por más que los discursos digan lo contrario.
De nada sirve llenarse la boca con grandes palabras como “distribución de la riqueza” o “sociedad de la inclusión”, si los chicos tobas mueren como moscas por enfermedades evitables y hambre. Hambre simple y llano. Algunos chicos hambrientos están en el árido desierto en que se está convirtiendo la ex selva biodiversa del Impenetrable, lejos de nuestra vista, perdidos y abandonados. Pero otros están en la puerta de tu casa y la puerta de la mía, durmiendo en los zaguanes, pidiendo en los semáforos, buscándose la vida como pueden. Hay cientos de miles de chicos en las calles argentinas, chicos que no aparecen en las cifras del Indec ni en los titulares de los diarios, pero son una “noticia” clara y visible para cualquiera con los ojos abiertos.  Esos chicos,- que seguramente no son rubios de ojos celestes-, descalzos y  sucios en el hollín y la basura de las calles, no son “vagos” ni están allí por propia elección. Somos nosotros los que los arrinconamos en las veredas destruidas. Somos nosotros los que no los “incluimos”. Somos nosotros los que no les “distribuimos la riqueza” ni les alcanzamos su tajada del superávit fiscal.
La sociedad argentina, que siempre se consideró tolerante y moderna, es hoy un hervidero de confrontación racista, marginación y atraso. La sociedad de clase media en la que jugábamos tranquilos a la pelota en la calle es hoy una sociedad polarizada y rabiosa, en la que esos chicos no tienen oportunidad de salir de su círculo vicioso de pobreza, paco y entrenamiento para el crimen. Generaciones enteras están siendo condenadas al semi-analfabetismo. Y nosotros seguimos con nuestras vidas como si eso sucediera en otro planeta, en una galaxia muy lejana…

LAS CICATRICES DE LA TIERRA
En toda la zona cordillerana, desde Jujuy a Tierra del Fuego, de este y del otro lado de los Andes, la minería a cielo abierto está comenzando a dejar enormes cicatrices en los valles y las cuencas de los ríos, destruyendo montañas enteras en busca de oro, plata, cobre y uranio.  Las leyes menemistas de estimulo a la minería en gran escala, que no han sido derogadas por ningún gobierno posterior, trajeron enormes inversiones para la búsqueda de minerales valiosos, especialmente oro, que es el mejor negocio minero del mundo, y también el más contaminante. Esas explotaciones tienen estímulos fiscales, no pagan impuestos, los gobiernos locales las apoyan con infraestructura de caminos y servicios, pueden exportar todas sus ganancias sin pagar retenciones, no tienen ningún control serio de impacto ambiental. Son la niña mimada de todos los gobiernos en la última década y pico. Y, extrañamente, esas explotaciones no contaminan el medio ambiente y destruyen el paisaje de las zonas “civilizadas” del país. Están siempre cerca de una reserva o población indígena, sea mapuche, toba, wichi o de cualquier otra nación. Da la casualidad de que esos pueblos son los que están en tierras fiscales, o de difícil dominio, han sido barridos a esos márgenes en los que están los desiertos y los minerales.
Ya en marzo del 2003, un dirigente mapuche de Esquel, Ambrosio Ainqueo, le pidió al entonces presidente Eduardo Duhalde que detuviera el proyecto minero de la Meridian Gold, una corporación multinacional con base en Canadá. “Sr Presidente”, dijo el “Lonco” (Cacique) Ainqueo, “si la mina se hace, se enferma el agua, el aire, se enferman los pescados, los árboles. ... La única solución es que esto se suspenda.”  Ambrosio habló en el Primer Encuentro Nacional de Pueblos Originarios,  citado por Duhalde en la residencia de Olivos. Desde entonces los proyectos mineros como los de la Meridian Gold y la Barrick Gold han crecido en todo el país, sin traer inversiones ni trabajo para las poblaciones locales.
Y hablando de poblaciones locales, las promesas de progreso que traerían las explotaciones mineras parecen no haber resultado ciertas. En octubre pasado, el intendente de Andalgala, la población catamarqueña en la que se  ubica el emprendimiento minero La Alumbrera, declaró a la localidad al borde de la quiebra. Un habitante dijo: “No hay trabajo estable, ni vivienda digna, ni cobertura médica, mientras a metros de nuestra ciudad  pasa el oro, el cobre, la plata que van a parar a los países ricos del norte sin dejar algo para la gente de aquí”.
Hay estudios que dicen que hoy, un anillo de oro genera 20 toneladas de residuos. Por
ejemplo, el proyecto minero Pascua Lama, de la empresa canadiense Barrick Gold, que está explotando los Andes a la altura de  Esquel, del lado argentino y también del chileno, fue denunciada por instalar un “depósito de estériles” en el nacimiento del rio Huasco, en Chile. La denuncia dice que “por ‘estériles’ la empresa no habla de materiales inocuos, sino de todos los materiales extraídos de la montaña  que para la empresa no tienen valor económico entre los que se pueden hallar minerales altamente peligrosos y contaminantes como el mercurio”. Ese depósito, en la naciente de un río, contamina todo el curso de agua dejándolo inutilizable para la bebida de personas, animales o para el riego. Dicen que en el norte, Catamarca, San Juan y otras provincias, ya casi no queda agua potable, contaminadas las napas y los ríos por el arsénico utilizado para extraer el oro y  los tóxicos resultantes de la minería, como el mercurio.
Pero estos horrores suceden lejos de nuestra vista, lejos de nuestra vida cotidiana, lejos de los centros poblados. Y no salen en los diarios ni en el noticiero de televisión. Son cosas que parece que no existieran porque nadie las nombra. Y después de todo, le pasan a las comunidades mapuches del sur, a los cabecitas negras, a la gente que, como ese chico tirado en el zaguán, ya  no le importa a nadie. Y no son metáforas.

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